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Patricio Yépez Martínez Pasan los años y la esencia del ser se va perdiendo, se va fusionando la memoria y se confunde con la imaginación y la realidad. Los recuerdos de infancia casi siempre me parecen un sueño, pero hay otros que son claros, como si hubieran sido ayer. La casa de mi niñez quedaba en las calles Francia entre Chile y Villarroel, debo haber tenido 7 u 8 años y a mi papá, en el canasta navideña de su trabajo, le regalaron una patineta de superficie de plástico y de color anaranjado, la que automáticamente pasó a ser de mi propiedad, mis hermanas preferían otro tipo de juguetes.
Desde ese día me acostumbré a acompañar a mi mamá, todos los sábados del mes de enero, a la tienda de la señora Carmencita a comprar el pan. Recuerdo que el sonido de sus ruedas me parecía fascinante, mientras el cemento de la vereda corría hipnotizante bajo la estructura mi rodilla apoyada en la superficie, mis manos dando la dirección y la otra pierna empujando a la fuerza de la gravedad. Claro, todo esto bajo la constante supervisión y preocupación de mi mamá acompañada por: “¡No te bajará de la vereda hijito!” “¡Cuidado con ese hueco y con ese borde hijito!”, pero de nada servían las advertencias, un niño siempre es libre e imprudente también. Al llegar a la misma esquina, el borde que nunca fallaba hacia lo suyo. Las ruedas delanteras chocaban y salían volando. Después de darme cuenta que mi boca y parte de mi nariz se habían pegado contra el mundo, abría los ojos y el dolor, paulatinamente se hacía presente. Llanto en el vecindario. Mi madre abnegada, tomaba al guagua en un brazo y al juguete en la otra hasta que llegábamos a la tienda donde un helado de mora como los de San Francisco calmaba el dolor. Nunca arreglaron ese borde por mucho tiempo, me constaba, fueron algunas veces la que acaricié el suelo con mi cara, tal vez al vecino le divertía ver a un guambra terco que siempre se caía en la misma esquina, o el Ilustre Municipio quería sabotear mi infancia? No lo sé. Lo que si sé es que puede sortearlo con el tiempo y que el ser humano es el único animal que tropieza más de dos veces con la misma piedra, pero también, que tenemos la capacidad de enmendar los errores, no importan las veces que se fracasen, hay que intentarlo y evitar volver a cometerlos. |