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Silvio Oñate R.
El aroma de las flores embalsama
del jardín el yermo suelo en su fragancia;
el perfume del amor dulce de madre,
es el germen de la dicha en lo terreno.
Es la mano bondadosa de la madre
que solícita, nos guía al buen camino;
ella siembra la dulzura do hay tristeza,
ella borra con caricias la amargura.
Es la flor, la más hermosa de las flores
que engalana el erial de nuestra vida,
sin su néctar, sin su aroma de ternura,
cuán desierta, cuán vacía fuera la vida.
De amor su noble pecho es un santuario,
relicario invalorable de virtudes;
¿cómo puede aquilatar la humana mente
su valor, si es su amor algo divino?
Nos dio el ser, en sus entrañas concebido,
ser formado de su ser y eso no basta,
y nos colma de cariño, de ternura,
no hay para ella mayor dicha, que ser madre.
Es sublime su misión, es misión santa,
sus dolores se atenúan cuando siente
reclinado en su regazo al tierno niño,
que orgullosa de sus días se ve autora.
Ama al hijo en la edad de adolescencia,
a quien guía con sus sabias enseñanzas;
ama al hombre ya formado, porque es su hijo;
distinción no hay en su amor por las edades.
Triunfadora es con el triunfo de su hijo;
si aquel sufre, con él su alma es una sola;
abnegada, de su yo propio se olvida,
porque su alma ya no es suya… es de sus hijos.
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