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Diario Los Andes - Riobamba - Ecuador - Prensa - Noticias

Jueves
2 Septiembre
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El cementerio de los ratones PDF Imprimir E-Mail
lunes, 25 de septiembre de 2006

Ramona era una hermosa ratita, su pelaje era plomo y brillante. Con sus barbas se guiaba hasta los rincones más oscuros en busca de los soñados potajes. Tenía dos hijos, Rafa y Raúl… Guardaba fresco el recuerdo de su esposo, que una noche salió para aprovisionarse mientras ella esperaba a sus dos pequeños ¡y no volvió más…! Algunos comentan pero no han querido decirle a la madre que su consorte se fue rumbo al “Cementerio de los ratones”, cruzó entre los vagones cargados de frutas de la Costa y miró cómo embarcaban productos de la Sierra y murió aplastado.

Se creyó por un momento maquinista y subió a la locomotora, cruzó entre los pedales y prefirió no hacer ninguna travesura. Continuó su recorrido y pasó por los vagones de segunda clase. Estaban tan fríos como las bancas que esperaban que lleguen los pasajeros de segunda, para que corrieran sentados a sus destinos.
De la nada miró la luz de una linterna que dibujaba un círculo gigante en la puerta del vagón. No le hizo caso al guardián que salió a cumplir su vigilia, por si acaso. Roberto, el ratón aventurero, se quedó inmovilizado, no por el frío sino por la presencia del humano. Tenía referencias de sus maldades aunque nunca lo miró tan cerca como esa noche.
Volvió a respirar cuando el cuidador se fue, no sin antes cerrar la puerta y poner un grueso candado. Gran pro-blema para nuestro amigo y ahora ¿cómo escapo? Hurgó en todos los lugares tratando de encontrar un resquicio por el cual salir y no lo encontró. Saltó y saltó para alcanzar la ventana y tampoco. Aguardó por un momento y volvió a intentarlo... Al fin lo consiguió y se dijo libre de las cadenas de aquel encierro.
Pero el hombre que vio hace unos instantes seguía rondando el lugar. Ese es el indicio que queda y el re-cuerdo del padre de los pequeños ratoncitos.
En casa, Ramona siempre les cuenta los valores de su padre. Los esfuerzos que él hizo para que tuvieran un hogar feliz y que soñaba con que ellos fueran importantes. Que sean médicos y atiendan sus últimos días. Nunca les habló de la forma en la que desapareció. ¿Para qué? se preguntaba la ratita, si igual no entenderían. Algún día, con el tiempo, las aguas y el recorrido entre las mazorcas secas, se enteren de la valía de ese ratón.
Y el día de la exploración llegó para los pequeños. No tenían más de ocho centímetros de largo y su pelo ligeramente negro comenzaba a mudar por un plomo, como el de su madre. Estudiaron, estudiaron mucho… y fueron aprovechados. Los dos competían por décimas el primer lugar de la clase. Sabían que el valor de la buena educación los hará importantes.
Quisieron llegar a nuevos mundos. Trataron de averiguar dónde quedaba el “Cementerio de los ratones” para resolver la misteriosa desaparición de su padre, que en el transcurso de su propia vida se enteraron. Mamá nunca les dijo nada, porque no quiere que su historia caiga como castillo de naipes.
…Y se fueron, le dijeron a mami que regresarían un momento haciendo el recorrido de costumbre. Las luces de los postes parecían enormes cabezas en llamas, de gigantes salidos de alguna historia. Producían igual temor las sombras que los vagones reflejaban sobre el suelo de aquel inmenso lugar.
Rafa respiró profundo y le dijo a su hermano: -avancemos. En silencio dieron los primeros pasos. Escuchaban, los dos, el ruido de sus corazones latiendo deprisa.
Iban a cruzar las rieles cuando un ratón anciano los detuvo. Los miró de pies a cabeza y les dijo: –¿Qué buscan muchachos? Ellos no respondieron, se quedaron como petrificados de miedo. Entonces Raúl, sin poder controlar el sonido de sus dientes que el temor provocaba, replicó: -Nada, nada Señor…
Y el viejo, con el peso de la experiencia en sus años, les advirtió de los peligros que la noche con su boca negra encierra. Escuchó con detenimiento lo que los jóvenes le dijeron, el sentimiento de ausencia en su vida, la desilusión de no haber crecido junto a un padre. Una lágrima rodó por sus mejillas y rápidamente se limpiaron. Mamá les había hecho ‘valientes’.
Entonces, los dos pequeños escucharon la historia. Se sentaron con las manos en la quijada y los codos sobre sus patitas. Su padre no había muerto como contaban de boca en boca. Se enamoró a muerte del ‘Gigante de acero’ y se hizo amigo del maquinista de la barba larga. Sube y baja por la geografía, sus ojos se oscurecen cuando entra a los túneles, recibe la brisa que entra por las dos ventanas cuando pasa los puentes y, lo más importante, está sentado junto al hombre que no quiso pisarle con su pesada bota la cabeza y lo domesticó. Ahora es su mejor e inseparable amigo.
No se ha olvidado de sus pequeños, pero algo más fuerte en él le detiene. Y aunque el anciano asegura que no tuvo otra pareja, se enamoró como un loco del ferrocarril. Se prometía todas las noches que regresaría a buscar a su familia, pero le causa pesar haberlos abandonado hace tiempo. Por fin, cuando los niños se fueron, Roberto da la vuelta y la helada le cala los huesos. Se arrima a la pared y llora, llora en silencio desconsolado.  Tuvo por primera vez a sus hijos cerca y no tuvo el valor necesario para confesarles quién era realmente.
En cambio ellos nunca le contaron a la madre esta nueva historia. Dejan que ella sueñe con su amado esposo, mientras los años empiezan a cansarle.
Lic. Julio Bravo Mancero

 
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