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También se ama en silencio... PDF Imprimir E-Mail
miércoles, 06 de junio de 2007

10.gifCuenta una antigua leyenda noruega acerca de un hombre llamado Haakon, quien cuidaba una ermita. A ella acudía la gente a orar con mucha devoción. En esta ermita había una cruz muy antigua. Muchos iban para pedirle a Cristo algún milagro.

Un día Haakon quiso pedirle un favor. Lo impulsaba un sentimiento generoso. Se arrodilló ante la Cruz y dijo: Señor, quiero padecer por Ti, déjame ocupar tu puesto, quiero reemplazarte en la Cruz. Y se quedó fijo, como esperando la respuesta.

El Señor abrió sus labios y habló. Sus palabras cayeron de lo alto, susurrantes y amonestadoras: -Siervo mío, accedo a tu deseo, pero ha de ser con una condición.
-¿Cuál Señor?, preguntó. -¿Es una condición difícil, ¡estoy dispuesto a cumplirla con tu ayuda Señor!

-Escucha: pase lo que pase y veas lo que veas, has de guardar silencio.

Haakon contestó: ¡Os lo prometo, Señor!

Y se efectuó el cambio. Nadie advirtió el trueque. El Señor ocupaba el puesto de Haakon. Y éste por largo tiempo cumplió el compromiso. A nadie dijo nada, pero un día llegó un rico, después de orar, dejó olvidada su cartera. Haakon lo vio y calló. Tampoco habló cuando un pobre, que vino 2 horas después, se apropió de la cartera. Ni tampoco opinó cuando un muchacho se postró ante él para pedirle su gracia antes de emprender un largo viaje. Pero en ese momento volvió a entrar el rico en busca de la bolsa. Al no hallarla, pensó que el muchacho se la había apropiado. El rico se volvió al joven y le dijo: -¡Dame la bolsa que me has robado!

El joven sorprendido replicó: -¡No he robado ninguna bolsa!
 
-¡No mientas, devuélvemela enseguida!

-¡Le repito que no he cogido ninguna bolsa! El rico arremetió furioso contra él. Sonó entonces una voz fuerte: -¡Detente!

El rico miró hacia arriba y vio que la imagen le hablaba. Haakon, que no pudo permanecer en silencio, defendió al joven e increpó al rico por la falsa acusación. Éste quedó anonadado y salió de la ermita. El joven salió también porque tenía prisa para emprender su viaje.

Cuándo la ermita quedó a solas, Cristo se dirigió a su siervo y le dijo: -Baja de la Cruz, no sirves para ocupar mi puesto, no sabes guardar silencio.

-Señor, ¿cómo iba a permitir esa injusticia?

Se cambiaron los oficios, Jesús ocupó la Cruz de nuevo.

El Señor, siguió hablando: -Tú no sabías que al rico le convenía perder la bolsa, pues llevaba en ella el precio de la virginidad de una joven mujer. El pobre, por el contrario, tenía necesidad de ese dinero e hizo bien en llevárselo; en cuanto al muchacho que iba a ser golpeado, sus heridas le hubiesen impedido realizar el viaje que para él resultaría fatal. Ahora, hace unos minutos acaba de zozobrar el barco y él ha perdido la vida. Tú no sabías nada. Yo sí sé. Por eso callo. Y nuevamente guardó silencio.

Muchas veces nos preguntamos ¿por qué razón Dios no nos contesta?, ¿por qué razón calla?... Muchos de nosotros quisiéramos que nos respondiera lo que deseamos oír, pero Dios no es así, nos responde aun con el silencio. Debemos aprender a escucharlo. En su silencio nos dice con amor: ¡CONFIAD EN MÍ, QUE SÉ BIEN LO QUE DEBO HACER!... piénselo…

 
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